dóberman de músculos palpitantes
y baba espesa escurrida de sus hocicos,
sedientos de sangre y carroña y sangre
deambulan por las calles de esta Catia
neblinosa, húmeda, humedecida por el llanto
de las madres de delirantes espantapájaros
sumidos en su trágica agonía.
Estos grotescos perros descarnados
lamiéndose en silencio sus heridas
emboscan impávidos al incauto.
Famélicos deseos les desairan;
los arrastran a sus hórridas condenas
y se esconden en morbosas madrigueras
esculpiendo telarañas de concreto
sobre el asfalto y el cemento de una hoguera.
Estos grotescos perros asesinos
son pasiones conflictivas,
emociones encontradas,
son delirios descosidos
y son sueños desastrados...
Los grotescos, famélicos perros del destino...
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